AMAROK: Los sonidos del silente

Creo que nací como una especie de mutación, sin el gen de la socialización que hace que las personas o animales se junten. Yo estaba predestinado a no encajar”, reflexionaba Mike Oldfield en su autobiografía. Esta distopia existencial ha sido una constante en la vida y obra del compositor pero, si tuviéramos que escoger un álbum suyo con el poder de reivindicar esa variante genética, nos encontraríamos de frente con Amarok.

Amarok son sesenta minutos ininterrumpidos de música instrumental que transgreden toda formalidad musical preestablecida. Un intento del compositor por recuperar un crédito personal que su discográfica había ido minando progresivamente y, a su vez, el despertar de una furiosa excentricidad latente que reclamaba la elaboración artesanal de la música por encima de las artificiosas tendencias contemporáneas. La predestinación a desencajar se tornaba virtud y el artista se sentía cómodo con ella. Poco importaba la ausencia de promoción por parte de su rencorosa casa discográfica o la escasa repercusión que tuvo su acampada de protesta en el jardín de su casa: Mike había retomado la senda que devolvió la felicidad a sus fieles. Don’t worry, be happy.

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Oldfield dejó caer que el vocablo Amarok tenía una fonética similar a las palabras gaélicas para “mañana” y “feliz” pero realmente se trata de un término utilizado en la mitología de los esquimales para referirse a un gigantesco lobo que, lejos de cazar en jauría, lo hace por su cuenta. De entre todas las sorpresas que esconde esta magna obra musical, hay quien ha querido escuchar el aullido de un lobo detrás de la flauta que suena en el minuto 36:35 del disco.

Mike Oldfield es también un lobo solitario pero, pese a su dificultad para confiar en las personas ajenas a su entorno y el aislamiento que ello le ha acarreado siempre, al elaborar este álbum dirigió sus pensamientos hacia compañeros del pasado con vistas a recuperar el espíritu de Ommadawn quince años después. Con la excepción de la necesaria participación cómica de Janet Brown al final del disco para imitar a Margaret Thatcher, el resto de colaboradores de Amarok eran viejos conocidos del multiinstrumentista de Reading: Clodagh Simonds, Bridget St. John, Julian Bahula, Paddy Moloney, Tom Newman y William Murray.

Este último había sido el baterista de Kevin Ayers and The Whole World durante el efímero periodo en el que Mike Oldfield tomó el control de la banda. Había estado conviviendo con Mike en la casa que alquiló Ayers en Tottenham para su grupo y, cuando Oldfield se quedó sólo en The Beacon, Will le haría compañía. “Era una persona con la que fácilmente te llevabas bien”, decía Oldfield de él. Con Murray compartió pintas de cerveza y paseos ecuestres por Hergest Ridge pero también fue Murray la persona que cargó con la dura tarea de conducir a Mike hasta su domicilio familiar cuando éste recibió la triste noticia del fallecimiento de su madre a principios de 1975.

Murray se marchó a los Estados Unidos con una cámara fotográfica regalada por Oldfield y allí se ganó la vida como fotógrafo de moda. Había colaborado en las letras del corte On Horseback de Ommadawn antes de su marcha y regresaría en 1990 junto al multiinstrumentista para inmortalizar su semblante en la portada del nuevo disco pero también para dejarnos el sugestivo relato que apareció en la funda interior del vinilo.

02 Amarok inlay

‘Amarok’ (Relato de William Murray)

Hace mucho tiempo, en un lugar que podría ser Irlanda (pero que fácilmente podría ser África, o Madagascar) ocurrieron una serie de sucesos extraños.

Dos hombres – buenos amigos – oyeron de una gran estatua dorada que fue ubicada en un gran agujero en la Tierra, muy cerca de su pueblo. Ahora bien, era gente sencilla y el rumor se extendía como una plaga. Algunos decían que no era una estatua, ni tampoco un hombre. Una cosa era cierta: nunca se había movido. Pero también se decía que producía un ruido, uno o varios sonidos de vez en cuando. Ahora y siempre, la gente había dicho, que producía sus ruidos a la vez. Los hombres idearon un plan para visitarlo. Salieron una mañana temprano. Avanzaron despacio.

“¿Te encuentras (tan) agotado, como yo?”, dijo el primer hombre.

“Me he encontrado mejor”, dijo el otro, “pero debemos alcanzar nuestro objetivo”.

Después de varias horas el primer hombre paró en su camino, oteando la distancia.

“Lo veo”, dijo tranquilamente.

“¿Qué ves?”

“Un destello de un precioso oro, un gran haz de luz…”

A pesar de su cansancio, empezaron a caminar más deprisa. Pero por más enérgicamente que caminaban la distancia entre ellos y lo que las historias hacían referencia como “la luz de oro” seguía siendo la misma. Después de un rato pararon. Se encontraban muy frustrados.

El más calmado de los dos hombres dijo: “Nunca lo alcanzaremos”.

“Si regresamos, lo alcanzaremos”, dijo su amigo.

El otro le espetó: “¿Por qué crees eso?”

Sin esperar a contestarle, el primer hombre se giró y comenzó a andar hacia de donde venían.

Para sorpresa del otro después de un rato la luz se le hizo visible y según caminaban la luz se les acercaba. Pronto todo lo que había a su alrededor empezó a parecer como si fuera un gran fuego. Árboles ennegrecidos aparecieron tumbados rotos en el suelo y la Tierra estaba quemada y estéril. Se sintieron incómodos. Pero siguieron.

Llegaron a un grandísimo agujero carbonizado. Parecía como si una gran roca hubiera sido lanzada desde los cielos.

“Que caos”, dijo el primer hombre, “Vayamos a ver”.

“Ve tu”, dijo su más cauteloso compañero, “Cuéntame lo que veas”.

Su amigo gateó hasta el borde del gran agujero. Descolgándose desde un ruinoso pero bien arraigado árbol, buscó con la mirada.

En el gran agujero surgía de la Tierra la figura más alta que jamás había visto. Era un maravilloso acabado de oro, enteramente suave. No era ni una estatua, ni tampoco un hombre. Nunca había visto nada como aquello, y no pudo mirar a otro lado.

“Hemos llegado tan lejos”, se dijo a sí mismo. “Oigo que tiene voces para hablar de cosas de las que no podemos hablar”. Miró alrededor, y vio a su amigo junto a él que estaba mirando fijamente al interior del cráter.

Dijo: “Tengo entendido que cuando los hombres oyen sus voces no pueden desprenderse de ellas. Tiene muchas voces diferentes: algunas alegres, pero otras tristes. Ruge como un babuino, murmura como un niño, tamborilea como ardientes brazos de mil tamborileros, cruje como el agua en un vaso, canta como un amante y se lamenta como un sacerdote”.

“He oído que solo dice una palabra”, dijo el otro.

Su amigo le miró: “Me han contado que depende de cómo lo escuches”.

“¿Qué quieres decir?”

“Imagina un ser con una melodía por voz. Lo puedes oír o no”.

“No te entiendo”, dijo su amigo.

“Se describe a sí mismo pero no se puede ver; cuando se ve, no puede describirse. Pero siempre está el sonido, siempre hará el sonido”.

Se quedaron quietos. Paso mucho tiempo. El segundo hombre se giró hacia el primero.

“No parece que vayamos a oírlo, ¿no?”

“Yo lo he oído”.

Su amigo lo miró con agudeza. Pero no hubo sonido.

Ninguno. “¿De qué estás hablando?”

“Anímate, pon atención”, dijo, “solo es cuento de hadas. ¿No?”

“Amarok”

© William Murray (1990)

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Una respuesta to “AMAROK: Los sonidos del silente”

  1. Fernando Gerundio Says:

    El segundo hombre si que era listo: “Ve tú y después me lo cuentas”
    **********************************
    Escuchaban cantos de sirena.
    No se las puede mirar, quedarías petrificado. Y ellas lo saben, es su baza. Juegan con ello.
    Puedes escuchar sus hechizantes melodías, pero no puedes verlas ni tocarlas.
    Solo sentirlo. Sentirlo dentro y como te envuelve.
    Ya no hay escapatoria.

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