CRÓNICAS DE OLDFIELD: El león, el cazador y el granero

Un día una delegación de vecinos de la colina de Bradnor hizo una visita a The Beacon, la casa-estudio que por aquel entonces tenía Mike Oldfield en Kington, muy cerca de Gales. No traían caras de muchos amigos y es que Pierre Moerlen había estado todo el día practicando con los timbales en lo alto de la colina para las sesiones de Ommadawn. Esta llamada de atención impulsó a Mike a buscarse otra ubicación para vivir, una en la que tuviera plena libertad para hacer todo el ruido que quisiera.

En una primera instancia pensó en construirse su propia casa, con ayuda del arquitecto Keith Critchlow, pero finalmente se decantó por reformar una antigua casa de campo denominada Througham Slad, en el condado de Gloucester. Antes de concentrarse en un nuevo álbum empezó grabando a principios de 1976 canciones como Portsmouth o Argiers en el estudio a medida que se hizo construir en el granero de la finca.

Recientemente he colaborado en la traducción al castellano de varios capítulos de Changeling, la autobiografía que publicó Oldfield en 2007. De la misma rescato un pasaje entretenido perteneciente a esa época.

En casa, estaba empezando a sentirme un poco solo y quería sentar la cabeza con alguien, pero yo todavía era inestable. No me percaté de que para mí sería imposible hacer tal cosa en muchos años. En ese momento, sin embargo, parecía que era lo mejor que podía hacer, o al menos intentar hacer. Quería tener una relación, pero no sabía cómo encontrar a alguien; estábamos bien fuera en el campo y yo no quería ir de clubs. Como fuera, mantuve una especie de relación a distancia con la hija de Keith Critchlow durante una temporada.

Me compré tres enormes perros de compañía, un san bernardo, al que llamé Wellington, y dos pastores irlandeses, uno de los cuales era una de las crías de Bootleg. Willy [William Murray] todavía andaba merodeando: era una persona muy sociable, con la que fácilmente te llevabas bien, simpática y tranquila, pero realmente la cosa no estaba funcionando. Un día le dije “Creo que deberías irte, deberías marcharte y tener tu propia vida”. Poco después se fue a los Estados Unidos y consiguió un trabajo como asistente de un fotógrafo de moda bastante exitoso, y entiendo que a partir de entonces intentara seguir su propia carrera como fotógrafo.

Cuando llegó un poco más de dinero me dispuse a cambiar mi Mercedes. Me compré un Ferrari, con el que nunca debieron haberme dejado suelto a esa edad, mis veintipocos. Conduje a velocidades temerarias en estados muy perjudiciales, pero era lo que la gente hacía. Todavía veía a Steve Windwood en ocasiones – Northleach no pillaba lejos de Througham y estaba a mitad de camino de The Manor. No entendía una cosa de la vida campestre, cazar y todo eso, así que Steve me envió a un lugar donde tenían una escuela de tiro apropiada, disparando palomas de barro, y tomé allí clases. Me compré mi propia escopeta de dos cañones, una bastante elaborada, una Churchill, creo que se llamaba.

Steve estaba realmente metido en los deportes campestres y siempre quería ir de caza. En una ocasión, recuerdo que Richard me invitó a una cacería. Yo no sabía realmente qué iba a encontrarme, fue como un extraño ritual. Acudimos a una casa remota; Richard estaba allí y también Simon Draper. Nos dijeron que iba a hacer frío y que debíamos abrigarnos. Nos sentamos todos en la parte trasera de un camión y la gente le iba pegando tragos a sus pequeñas petacas. Al final llegamos a un estanque y nos agazapamos en una especie de escondite. Uno parecía estar al mando, como si fuera un guardabosques o algo así; yo me senté allí en absoluto silencio durante una hora y media, congelándome y preguntándome qué narices estábamos haciendo allí.

Finalmente oímos “ta-ta-ta-ta-ta” y entonces, bruscamente, todos esos hombres viejos de clase alta, jueces o lo que fueran, saltaron del escondrijo. Fue como en Armageddon, como si hubiera vuelto la Primera Guerra Mundial. Todos estaban disparando, había patos cayendo alrededor nuestro y los perros no paraban de moverse a nuestros pies. Era el caos absoluto. Disparé unas cuantas veces, pero no sabía realmente qué diablos estaba pasando. Pasaron unos cinco minutos hasta que todo cesó y entonces apilaron todos los patos muertos en el camión. Volvimos a la casa y todos estaban muy contentos consigo mismos, tomando otra vez tragos de sus petacas.

Alguien llevó algunos patos a Througham Slad y yo volví con Richard. Él dijo “Se supone que vas a comértelos”. Yo pensé “Joder, ¿de verdad?”. Recuerdo que él tenía los patos en la mesa de la cocina, desplumándolos. Yo estaba horrorizado, había plumas por todo el suelo de la cocina. Richard hizo algo repugnante con un cuchillo a uno de los patos, luego lo pusimos en el horno y lo servimos con patatas asadas. Estaba lleno de perdigones, creo; no podías pegar un bocado sin lastimarte la dentadura.

No pude procesar todo eso. No entendí por qué no pudimos haber ido allí a contemplar los patos llegar y aterrizar en el agua; ¿por qué tuvimos que matar a un centenar de ellos y perder todo ese tiempo intentando cocinar y comer a ese pobre pájaro que nos rompía la dentadura?

Me sentí tan culpable que fue la última vez que disparé a algo. Conservé mis escopetas por un breve periodo pero al final las vendí. No me gustó este asunto de la caza y del tiro, por lo que los entretenimientos del tipo de vida campestre nunca me han vuelto a interesar.

Después de varios meses de trabajo de construcción, las cosas empezaron a cuajar. Habíamos convertido el establo y el granero en un bonito estudio con una ventana de cristal con vistas a la habitación principal. Yo incluso tenía mi propia consola de mezclas, construida por los ingenieros de mantenimiento de The Manor, según mis especificaciones. Ellos habían comenzado su propia compañía, llamada Rebis, y la mía fue la primera mesa que construyeron. Duró años y años. Luego la instalé en un arcón y la llevé de tour conmigo. Al final fue consignada al chatarrero hace solo unos años, por lo que fue una inversión muy buena.

Finalmente, después de más de un año construyéndose, la casa y el estudio fueron terminados. Tenía mi propio y bonito estudio, y eso significaba que podíamos por fin trabajar en algo.

Un día, cuando empezábamos a trabajar en el estudio, alguien llamó y dijo “Tengo aquí a un chico, tiene un león y le está buscando una casa, ¿quieres conocerlo?” Yo dije “Oh sí, por qué no, mándamelo”. Así que llegó una furgoneta con un hombre y su novia, y de la parte de atrás saltó un macho de león de un año de edad llamado Clyde. No era maduro del todo, justo le estaba empezando a crecer su melena. Nada más saltar, Clyde vino hacia mí y me agarró el pecho con su dentadura, y el hombre, que tenía una vara enorme, empezó a golpearlo. Finalmente Clyde lo dejó y pasó el fin de semana con su propietario.

Phil Newell, el ingeniero, estaba trabajando en Througham Slad en ese tiempo. Cuando llegó el león, Phil estaba ocupado en el estudio y recuerdo que entró en la cocina para hacerse un te. El león estaba allí, pero Phil no tenía ni idea – nadie pensó en decirle “Cuidado, que hay un león merodeando”. Recuerdo asomar la cabeza por la puerta de la cocina. Clyde había literalmente acorralado a Phil contra el fregadero. La expresión de su cara no tenía precio; sus largos cabellos y su barba eran pelirrojos ¡pero estaba pálido como un fantasma! No creo que pudiera ni hablar. El propietario se percató de lo que estaba pasando y empezó a atizar a Clyde para que dejara en paz a Phil. El pobre casi tuvo un ataque. Fue una pequeña venganza por ser tan anti-yo en Tubular Bells – sin haber sido planeado, por supuesto.

Clyde era un magnífico animal, ya lo creo. Obviamente era un gato grande, pero su personalidad era la de una bestia. Era tan bravo como posiblemente puedas imaginarte. Podía moverse lentamente alrededor, mirarte y tú podías verle pensar “Voy a asustarlos ahora” y entonces te rugía. Parecía que solo podía respetar a alguien que le golpeara con toda la dureza posible: si Clyde mostraba signos de herir realmente a alguien, su dueño vendría y le golpearía con la vara con todas sus fuerzas. Clyde no bramaría ni gritaría ni nada, solo desistiría. Obviamente lo sentiría duramente, pero esa era la única manera de controlarlo.

Me llevé bien con Clyde una vez que me hice a golpearlo en todo momento. No me gustaba hacerlo, pero solo entonces me respetaba un poco – si no lo hubiera hecho, creo que hubiera podido matarme. Nunca me había encontrado con un animal como el. De comida le dabas un pollo entero y se lo zampaba de un bocado, triturando los huesos. Teníamos que seguirle a todas partes con periódicos porque podía marcar territorialmente todos los sitios, apestando las paredes.

Decidimos llevar a Clyde al pub. Era verano, así que todo el mundo estaba sentado fuera, y cuando llegamos fui a comprar algunas bebidas. De repente oí un grito de mujer, más fuerte de lo que posiblemente puedas imaginarte. Corrí hacia la puerta y vi que el león había puesto su cabeza en la parte delantera de su vestido, permaneciendo en su regazo. Ella chilló a más no poder y todo el mundo se dispersó por el jardín. Entonces el propietario del león llegó y, cómo no, empezó a atizarle diciendo “¡Clyde, malo, compórtate!”.

Clyde era un completo salido, pero me gustaba. En casa le tiraba hierba y jugaba con el como con un perro, pero él era diez veces más rápido. Era tan rápido que podía alejarme varios centenares de pies hasta llegar al final del jardín; en un segundo podía verlo mirarme desde la otra parte del mismo y, al siguiente segundo, parecía que ya estaba enfrente de mí. En una ocasión lo tenía dentro de un patio cercado de alambre y los perros empezaron a ladrarle, así que el león se encaramó encima de la cerca y rugió a los perros. Los dos pastores irlandeses literalmente se mearon encima, marchándose con  el rabo entre las piernas. Mi san bernardo, Wellington, mantuvo su posición y le devolvió un ladrido. Me impresionó, no se asustó en absoluto.

Esa noche Clyde durmió conmigo en mi cama. Sobre las cuatro de la madrugada me desperté con el león encima de mí, mirándome de una manera muy amorosa. Pegué un chillido brutal y tuve que golpearle antes de quitármelo de encima. Clyde pasó el resto de la noche en una esquina, no quería tenerlo en la cama conmigo por más tiempo. Al día siguiente el propietario dijo “¿Quieres quedarte al león?”. Decliné la oferta pero, dios mío, menuda experiencia que fue.

Al final despaché el león a Virgin. Llamé a Richard y le dije “Tengo un león aquí, ¿quieres conocerlo?” Richard dijo que sí y, como quería enloquecer a Richard, le di al propietario del león la dirección de Virgin Records y le dije que lo llevara allí. Probablemente causó estragos en la recepción, echando abajo las oficinas y haciendo gritar a la gente. Nunca supe que pasó con él al final. Creo que Richard también lo rechazó, así que se lo pasaría a algún otro.

Fue divertido.

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Una respuesta to “CRÓNICAS DE OLDFIELD: El león, el cazador y el granero”

  1. WALTER KEMPF Says:

    TENGO UN DE ESAS CHURVHILL Y QUIERO VENDERLA TENGO VARIAS OFERTAS PERO ME GUSTARIA UNA OPINION MAS SOBRE SU VALOR GRACIAS

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